Amor callejero

Esta mañana desperté y todo había cambiado, ni siquiera el día amanecía como siempre. Me levanté, abrí la persiana y contemplé todo aquello que había tras el empañado cristal de mi ventana. Quizás el amor no siempre sea como en los cuentos de hadas, quizás todo tiene un final desde un principio. No sé cuál es la razón de los pensamientos de hoy cuando realmente el dolor debería haber pasado ya…  Hace más de un año que ella no está y toda mi vida ha dado un vuelco. No tengo guía, permanezco perdido.

Recuerdo sus últimas palabras, las cuales aún resuenan en mi cabeza. Ella parecía dolida, pero no soltó una lágrima en nuestra última despedida. ¿Será que tal vez en el fondo se alegraba de esto?

Todo pintaba mal desde hacía unos meses, pero pensé que solo era una mala racha, nunca me planteé que llegaría el final.

Aún la recuerdo. ¡Cómo para no hacerlo! Se llamaba Noelia. Sus ojos oscuros, su cabello castaño, sus curvas, su sonrisa… Era perfecta.

Quizás se me escurrió entre los dedos, como si de agua se tratase. Es cierto, cambié mucho, inicié el rumbo por un camino que no debí recorrer.

Ella era tan buena… ¿Cómo pude dejarla escapar? Tal vez en ese momento no era consciente de las consecuencias.  La conocía desde hacía años, pasamos toda la infancia juntos. A los quince empezamos a salir y dos años después todo se acabó. Siempre me decía que estaba harta de verme todos los días en las calles, que no estudiaba y que pasaba todo el día fumando. Es cierto, nunca tuve una familia normal; mi padre era drogadicto y mi madre no levantaba de su depresión. Tuve que aprender a vivir de la calle.

Noelia siempre intentaba cuidar de mí, pero con el tiempo eso comenzó a cambiar. La estaba atrayendo a la mala vida y eso no lo podía consentir. Una niña de papá tiene que estar en casa, no en la calle. Era cabezota, quería seguir mis pasos, integrarse en mi círculo de amistades. Salíamos hasta las tantas y bebíamos hasta caer redondos al suelo. Robábamos a las personas en la estación y hacíamos pintadas por las calles. Ella se dejaba llevar por mí, conseguí traerla a mi terreno sin quererlo.

Una noche, cuando todos mis amigos se fueron, quedamos a solas en lo alto de una colina, tirados en la fresca hierba bañada por el rocío. Mirábamos el cielo y Noe imaginaba escenas con las estrella. Era divertido vivir mi vida con ella, jamás pensaba encontrar a alguien así.

Esa misma noche hicimos nuestro mejor trabajo juntos, una muestra de amor que hizo plantearme que con ella era con quien yo realmente quería estar. Una pintada en la pared simbolizaba todo aquel cúmulo de sentimientos y sensaciones que recorría nuestros cuerpos, un “Te amo” en color negro sobre el  muro de una casa abandonada representaba nuestro más infinito amor jamás contado.

Hoy, mirando fotos, recuerdo aquella última noche, donde ella lanzaba el móvil contra la pared de mi habitación. Gritaba hasta dejarse la garganta, golpeaba la mesa hasta hacer sangrar sus delicados nudillos. Esa no era la chica a la que yo había amado tanto, parecía otra. Nunca entendí por qué se puso así, me pregunto qué habría en ese mensaje que le llegó que de tan mal humor la puso. Tal vez jamás obtendré respuesta a ello, pero duele el recordar su forma de coger su bolso, mirarme a los ojos un instante con dolor y salir por la puerta para no volver nunca más.

Hoy, día 4 de abril de 2012, haríamos tres años juntos. A pesar de su ausencia, su presencia aún se siente en la estancia en la que descanso, su calor, su aroma impregnado en mi almohada… Todavía la busco, busco a la octava maravilla del mundo perdida por estos lares.

Quizás no sepa expresar aún todo lo que siento por ella, pero voy vagando por las calles, sellando cada muro con nuestra marca.

 

Yolanda Ortega