Te quiero, ¿sabes?

“¡Buenos días, princesa! He soñado toda la noche contigo. Íbamos al cine y tú llevabas aquel vestido rosa que me gusta tanto. Solo pienso en ti, princesa, pienso siempre en ti…”
A veces solo necesitaba tus bromas para poderme alegrar el día. Nunca pensé que una persona pudiese llegarme a conocer tan bien, sabías perfectamente que me encantaba que me despertasen de esa forma. Cada día dices lo mismo, pero nunca me cansaré de oírlo. Eres único, inigualable, la única persona capaz de hacerme reír cuando realmente estoy triste. Conoces cada punto mío, como si los estudiases, mi forma de andar, de vestir, de hablar si estoy de mal humor, cómo tratarme en todo momento… Eres perfecto, como si estuvieses hecho para mí.
Pero claro, toda perfección tiene su defecto, y este es un gran espacio en el mapa. Trescientos kilómetros, quizás no tantos para separarnos, pero siempre supone un vacío entre ambos. Internet fue nuestro hilo de unión, gracias a él conocí a una de las mejores personas de mi vida. Jamás me arrepentiré de haber entrado en ese chat. Puede que sea peligroso, pero quien no arriesga, no gana. Yo gané mi mejor premio y aunque en Murcia esté, siempre estará en mi corazón.
Cada minuto cuento los días que quedan para vernos, tengo ganas de abrazarte y de llenarte de esos besitos que te prometí, de detallarte en persona todas aquellas anécdotas que te he contado por chat y de mirar las nubes a tu lado, como hacía yo sola mientras hablábamos por el móvil.
¿Recuerdas aquel día en el que te llamé por primera vez? Me pasabas a tu amiga porque a ti te daba vergüenza, pero siempre me lo recompensabas con una de tus bonitas risas. Eso sí, nunca te perdonaré que mi madre me regañara por cada cara de tonta que ponía mientras hablaba contigo. Ahora dice que me estoy volviendo tonta con tanto vicio al ordenador. ¿Pero qué más da? Si es por ti, vale la pena.
Aún no te conozco del todo, pero ya me encantas. Quedan pocos días para poder ver tu cara y no me explico por qué te quiero estando tan lejos. Es como si te conociese de toda la vida, no hay tabúes entre nosotros.
Todavía recuerdo aquel ocho de marzo cuando me dijiste que te gustaba, no me lo podía creer, la verdad. Tanto tiempo detrás de ti pensando que no era correspondido y al final… Al final resultó ser cierto, quien arriesga, algo gana. Aquel 31 de diciembre de dos mil once, que tú lo recordarás como el fin del mundo por mi culpa. Ese “te quiero” sincero que te dije, seguido de aquellas palabras que espero que aún las recuerdes. Tardaste varios meses en pillar las indirectas y recapacitar sobre ellas, pero ese día ocho me hiciste muy feliz al decirme eso. Parece que te gusta verme sonreír como una tonta, al igual que hiciste anoche con ese mensaje. ¿Tú crees que yo puedo dormir después de aquello? ¿No eres consciente de que me quitas el sueño cada vez que me dices esas cosas y me haces que quiera quedarme más tiempo hablando contigo? Da igual, sabes que siempre sonreiré así de feliz al verte aparecer en el chat.
Y pensar que nos unimos por nuestros gustos musicales, ya no me siento una rarita más. Ojalá pudiese decirte todo esto al oído, susurrártelo con amor, pero ya queda poco, mi niño, en nada nos veremos.
Ahora sé que este es nuestro destino, estamos unidos por la letra de una canción. Sabes que esto es sincero, que no mienten mis palabras.
Y ahora es cuando me doy cuenta de todo lo que hemos pasado, de que ahora mismo habrá miles de parejas más conociéndose por Internet. Pero eso sí, ninguna llegarán a ser como hoy somos nosotros.
Trescientos kilómetros, sí, pero no importa cuántos sean…