Esquizofrenia

El paciente L. Un caso de esquizofrenia paranoide

L. se había convertido en un residente permanente del hospital local. Al principio, sus padres confiaban en que el tratamiento le ayudaría lo suficiente para que pudiera vivir en un centro de rehabilitación con un pequeño grupo de jóvenes, pero su estado era tan grave que requería supervisión constante. L. padecía una intensa esquizofrenia. La medicación que estaba tomando le ayudaba, pero seguía manifestando marcados síntomas psicóticos. Además había empezado a presentar signos de un trastorno neurológico que parecía empeorar. Siempre había sido un niño conflictivo, tímido y con dificultades de relación social. No tenía verdadero amigos.

En la adolescencia se volvió incluso más retraído e insistía en que sus padres y hermanas mayores no entraran en su habitación. Dejo de comer con su familia, y hasta se compró con su dinero una pequeña nevera para su habitación a fin de poder guardar su propia comida, que decía preferir a la comida “contaminada con pesticidas” que comían sus padres. Sus notas escolares, nunca muy brillantes, fueron cada vez peores, y a los diecisiete años abandonó el instituto.
Los padres de L. reconocieron que le pasaba algo grave. Su médico de familia sugirió que le viera un psiquiatra, pero L. no quiso ir. En el año en que dejó el instituto se hizo claramente psicótico. Oía voces que le hablaban y a veces sus padres podían oírle gritar gritando a las voces que se fueran. Estaba convencido de que sus padres intentaban envenenarle y solo comía alimentos precintados que abría el mismo. Aunque cuidaba su aseo personal – a veces llegaba a pasar una hora en la ducha “purificándose”-, su cuarto llegó a estar terriblemente desordenado. Se empeñaba en conservar viejos botes y envases de comida porque, según decía, necesitaba compararlos con lo que sus padres traían de la tienda para estar seguro de que no estaban falsificados.
Un día, mientras L. estaba en el baño purificándose, su madre le limpió la habitación. Llenó varias grandes bolsas con los botes y los envases y los tiró a la basura. Cuando volvió a casa, oyó un aullido procedente del piso de arriba. L. había salido del baño y había visto que habían arreglado su cuarto. Cuando vio a su madres subiendo las escaleras, le gritó, la insultó cruelmente y se precipitó por las escaleras hacia ella. La golpeó tan fuerte que salió despedida, cayendo pesadamente en el suelo. Él se dio la vuelta, trepó por la escaleras y se fue a su cuarto, cerrando la puerta de un portazo.
Una hora después, el padre de L. encontró a su esposa inconsciente al pie de la escalera. Esta se repuso pronto de la conmoción que había sufrido, pero los padres de L. se dieron cuenta de que había llegado el momento de internarlo. Ya que había atacado a su madre, el juez o decretó su arresto temporal y, tras una evaluación psiquiátrica, se le recluyó en un hospital local. El diagnóstico fue “esquizofrenia de tipo paranoide”.
En dicho hospital se le administró Toracina, lo que le ayudó considerablemente. Durante las primeras semanas manifestó algunos síntomas que con frecuencia se observan en la enfermedad de Parkinson -temblores, rigidez, andar arrastrando los pies, falta de expresión facial-, pero estos síntomas desaparecieron espontáneamente, tal como había pronosticado su médico. Las voces seguían hablándole de vez en cuando, pero menos a menudo que antes, e incluso entonces podía ignorarlas la mayor parte de las veces. Su suspicacia disminuyó, e iba de buena gana a comer en el comedor de los internados. Pero aún tenía obvios delirios paranoides, y el equipo psiquiátrico no se mostraba dispuesto a dejarle irse del hospital. Por alguna razón, se negó a tomar voluntariamente la medicación. Una vez, después de haber sufrido una grave recaída, el equipo médico averiguó que simulaba tragar las pastillas y luego las escupía. Después de esto, se aseguraron de que se las tragara.
Tras varios años, L. empezó a presentar síntomas neurológicos más graves. Comenzó a fruncir los labios y a dar resoplidos; más tarde empezó a hacer muecas, sacando la lengua y girando bruscamente la cabeza a la izquierda. Los síntomas llegaron a ser tan intensos que le dificultaban comer. Su médico le prescribió otro fármaco más, que redujo mucho los síntomas pero no los suprimió. Tal como explicó a los padres de L. “sus problemas neurológicos se deben a la medicación que estaban empleando para aliviar sus síntomas psiquiátricos.
Estos problemas por lo general no se manifiestan hasta que el paciente ha tomado la medicación durante muchos años, pero al parecer L. es una de las infortunadas excepciones. Si le retiramos la medicación, los síntomas neurológicos incluso empeorarán. Podríamos reducirlos dándole una dosis más alta de medicación, pero en ese caso el problema reaparecería más tarde y hasta podría ser peor. Todo lo que podemos hacer es intentar tratar e síntoma con otro fármaco, como hemos estado haciendo. Lo cierto es que necesitamos una medicación que no ayude a tratar la esquizofrenia sin que se produzcan estas lamentables reacciones adversas”.

Extraído del libro “Fundamentos de fisiología de la conducta” de Neil R. Carlson.

una-mente-maravillosa

Como siempre, el ser humano no tiene una respuesta definitiva a las preguntas que se le plantean y como normalmente ocurre, estropea una cosa para arreglar otra. Fijémonos en la similitud que existe entre recetar fármacos que lesionarán el cerebro para aliviar síntomas psiquiátricos y lesionar con un picahielos el cerebro para conseguir el mismo efecto. Al fin y al cabo el mundo no ha avanzado tanto, ¿verdad? Para terminar, aclarar que, a pesar de la imagen que tenemos debido a la influencia del cine y la televisión, las alucinaciones auditivas son las más comunes entre los esquizofrénicos que las de la visión y que por norma general no son más agresivos que la media de la población general.
Me despido con una frase de un esquizofrénico ilustre, el gran Jonh Nash:

“Era infeliz al recuperarme porque la normalidad no me hacía feliz. La locura empieza cuando descubres una segunda realidad en tu mente y a veces la eliges, porque te hace más feliz que la normalidad. Así alcancé un punto en que yo era más feliz loco que cuerdo.”

fdo: Paula González.